Después de la expulsión de Adán y Eva del Jardín de Edén, el Señor les dio la ley de sacrificio. Esta ley consistía en la ofrenda de las primicias de sus rebaños, a semejanza del sacrificio futuro del Unigénito de Dios (
Moisés 5:4–8). Esta práctica continuó hasta la muerte de Jesucristo, la cual puso fin al derramamiento de sangre como ordenanza del evangelio (
Alma 34:13–14). En la actualidad, los miembros de la Iglesia participan del sacramento del pan y del agua (Santa Cena) en memoria de la ofrenda de Jesucristo. También se les pide a los miembros de la Iglesia de nuestros días que ofrezcan el sacrificio de un corazón quebrantado y un espíritu contrito (
3 Ne. 9:19–22), lo cual significa que deben ser humildes, tener el espíritu de arrepentimiento y estar dispuestos a obedecer los mandamientos de Dios.
Abraham ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar,
Gén. 22:1–18 (
Jacob 4:5). Sacrificarás tus holocaustos,
Éx. 20:24. Los animales para el sacrificio deben ser sin defecto,
Deut. 15:19–21. El obedecer es mejor que los sacrificios,
1 Sam. 15:22. El amor es más que todos los holocaustos y sacrificios,
Mar. 12:32–33. Somos santificados mediante el sacrificio de Cristo,
Heb. 10:10–14. Cristo se ofreció a sí mismo en sacrificio por el pecado,
2 Ne. 2:6–7. Ese gran y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno,
Alma 34:8–14. Ya no me ofreceréis más vuestros holocaustos; me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito,
3 Ne. 9:19–20 (
Sal. 51:16–17;
DyC 59:8). Hoy es un día de sacrificio,
DyC 64:23 (
97:12). Todos los que están dispuestos a cumplir sus convenios con sacrificio son aceptados por el Señor,
DyC 97:8. Joseph F. Smith vio a los espíritus de los justos, quienes habían ofrecido sacrificios a semejanza del sacrificio del Salvador,
DyC 138:13. La redención se efectuó por medio del sacrificio del Hijo de Dios sobre la cruz
DyC 138:35.