En las Escrituras, este vocablo por regla general significa un convenio (pacto) o promesa sagrados; no obstante, las personas impías, entre ellas, Satanás y sus ángeles, también hacen juramentos para lograr sus fines inicuos. En los tiempos del Antiguo Testamento, los juramentos eran aceptables; sin embargo, Jesucristo enseñó que no debemos jurar en el nombre de Dios ni de ninguna de sus creaciones (
Mateo 5:33–37).
Confirmaré el juramento que hice a Abraham,
Gén. 26:3. Cuando alguno hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra
Núm. 30:2. Juraron que andarían en la ley de Dios,
Neh. 10:29. Cumplirás al Señor tus juramentos,
Mateo 5:33 (
Ecle. 5:1–2;
3 Ne. 12:33). Dios jura con juramento,
Heb. 6:13–18. Cuando Zoram se juramentó, cesaron nuestros temores respecto a él,
1 Ne. 4:37. El pueblo de Ammón hizo juramento de no verter más sangre,
Alma 53:11. Los nefitas inicuos hicieron convenios y juramentos secretos con Satanás,
Hel. 6:21–30. Los hombres obtienen la vida eterna por medio del juramento y convenio del sacerdocio,
DyC 84:33–42. Todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos y juramentos que no son sellados por el Santo Espíritu de la promesa terminan cuando mueren los hombres
DyC 132:7.